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¿Quién pidió pollo?

¿Quién pidió pollo?

Todo colombiano ha dicho alguna vez "¿quién pidió pollo?" sin saber de dónde salió. Detrás está Super Ricas, una empresa que lleva más de sesenta años encontrando, en lo más simple, la respuesta a problemas que nadie más estaba viendo. Hay frases que uno aprende sin que nadie se las enseñe, simplemente están ahí, pasan de una generación a otra y terminan saliendo de la boca casi por reflejo. En Colombia hay una que cualquiera reconoce “¿Quién pidió pollo?”La decimos cuando aparece algo bueno, cuando alguien llega luciéndose o cuando la ocasión merece la broma. Pero detrás de esa frase, que hoy parece haber existido toda la vida, hay una historia mucho más interesante de lo que uno imaginaría.Todo empezó en los años 60, cuando comer pollo asado no era precisamente un plan cualquiera. Era un lujo, algo comparable con pedir hoy langosta o caviar. Si una familia del barrio se daba ese gusto, probablemente los vecinos terminaban enterándose.Y justo por esos años comenzaba también la historia de una empresa colombiana que hoy resulta muy familiar: Super Ricas.La compañía nació en 1961, casi al mismo tiempo que, en Estados Unidos, Sam Walton abría la primera tienda de Walmart.Carlos Eduardo Silva, sin embargo, encontró su oportunidad mucho más cerca. Literalmente, mirando hacia el piso. En el barrio Rionegro de Bogotá veía todos los días bolsitas de papas fritas tiradas en la calle. Cualquiera habría visto basura. Él vio que si había tantas bolsas en el piso era porque alguien las estaba comprando. Y si aparecían nuevamente al día siguiente, significaba que las personas volvían a comprar.“Esto tiene que ser un buen negocio”, pensó.Así comenzó a empacar papas él mismo en su casa, artesanalmente, una bolsa detrás de otra.El negocio funcionaba, pero vender papas era apenas el comienzo. La pregunta importante era cómo hacer que esas papas fueran distintas a todas las demás.Silva encontró la respuesta no solamente en el sabor, sino en algo mucho más cotidiano, ese deseo de darse un gusto. Si comer pollo asado representaba una ocasión especial y estaba reservado para quienes podían pagar un pollo entero, ¿por qué no llevar esa sensación a una bolsa de papas?Así aparecieron las papas sabor a pollo. Por mucho menos dinero, cualquiera podía probar algo que recordaba ese gusto que antes estaba reservado para unos pocos.Pero tener un producto diferente tampoco era suficiente. Un antojo tiene una particularidad, no sirve llegar media hora tarde. Hay que estar exactamente donde está la persona cuando aparecen las ganas de comerlo.Silva entendió esta necesidad y creó una red de triciclos pequeños que llevaba el producto hasta vendedores ambulantes y tiendas de barrio, especialmente en el centro del país, entrando a lugares a los que otras marcas de la época ni siquiera se molestaban en llegar.Esa obsesión por estar donde estaba el consumidor terminó convirtiéndose en parte del negocio. Todavía hoy puedes llegar a una finca, estar en una cabalgata o entrar a la tienda de una señora en la mitad de la nada y encontrarte una bolsa de Comestibles Ricos.Mientras la distribución crecía, Silva seguía mirando qué más podía hacerse distinto.En ese momento muchas marcas continuaban empacando sus productos en bolsas transparentes. Él decidió cambiar. Super Ricas comenzó a utilizar empaques de varias capas que ayudaban a conservar mejor el sabor y, además, aparecían en el estante con colores imposibles de ignorar, como verde, rojo y amarillo. La combinación funcionó tan bien que hoy resulta completamente familiar.Pero que la competencia copie una buena idea no significa que la ventaja se haya acabado. También puede significar que la idea funcionó. El verdadero problema aparece cuando quien innovó primero decide quedarse quieto mientras los demás lo alcanzan.Super Ricas siguió moviéndoseY, una vez más, la oportunidad apareció en algo que durante años había estado frente a todos.Desde los primeros tiempos de la fábrica de Rionegro, en el barrio La Castellana, en Bogotá, existía una pequeña ventana donde se vendían los remanentes de producción. Papa, chicharrón y otras sobras terminaban mezcladas dentro de grandes bolsas transparentes, sin nombre, sin marca y sin ninguna intención de convertirse en un producto.Los niños del barrio las compraban. Mucho antes de que alguien hablara de Todo Rico, ellos ya estaban comiendo una versión informal de lo que después se convertiría en uno de los productos de la compañía.El problema apareció cuando Super Ricas quiso llevar esa mezcla a escala.La papa, el plátano y el chicharrón no solamente tienen formas diferentes, también salen de líneas de producción distintas. No existía una máquina capaz de recibirlos, mezclarlos y empacarlos juntos dentro de una misma bolsa.Entonces hicieron algo que se repetiría varias veces en la historia de la empresa "si la solución que necesitaban no existía, había que construirla".La máquina se desarrolló en Colombia, fue la primera de su tipo y permitió que aquellas bolsas transparentes que compraban los niños del barrio dejaran de ser un remanente sin nombre para convertirse formalmente en el Todo Rico.Décadas después, Super Ricas volvió a enfrentarse a otro cambio importante: los sellos negros por exceso de sodio. Fue una de las primeras empresas de snacks en Colombia en quitárselos de encima, reformulando sus recetas sin perder aquello que hacía funcionar al producto.Y ahora el reto está en otro lugar: el empaque. La guerra en Irán disparó el precio del petróleo y, con él, el costo de los plásticos, incluido el material que utiliza cualquier bolsa de papas del país. Ante ese escenario, la respuesta que está explorando Super Ricas no consiste en bajar la calidad del empaque, sino en cambiar por completo el material.La apuesta son los empaques compostables, fabricados con materia orgánica, materiales que podrían llegar al mar e incluso ser ingeridos por un delfín sin causarle daño.Y aquí hay una diferencia importante. Compostable no es lo mismo que biodegradable. Un plástico biodegradable utiliza un aditivo que termina partiéndolo en microplásticos. Esas partículas pueden acabar en los peces y, después, regresar hasta nosotros. Cambiar de material, por lo tanto, no consiste simplemente en hacer una bolsa que desaparezca más rápido, implica replantear aquello de lo que está hecha.Ese es precisamente uno de los proyectos en los que hoy estamos trabajando con Super Ricas.Desde Mentes a la Carta armamos el equipo encargado de diseñar esa transición de material. Y, en el fondo, la lógica es muy parecida a la que ha acompañado a la empresa durante décadas: cuando aparece un problema para el que no existe una solución hecha, no sirve buscar una respuesta genérica, hay que construir la que hace falta.Eso es también lo que hacemos en Consultoría a la Carta, reunir, para cada empresa, el equipo específico que necesita su reto, en lugar de intentar resolver problemas distintos con la misma respuesta de manual.Y detrás de todas estas transformaciones hay algo que prácticamente no ha cambiado.Super Ricas sigue siendo, de arriba a abajo, una empresa de familia. Carlos Eduardo Silva tuvo cinco hijos: una mujer y cuatro hombres. Hoy es precisamente ella, Amanda Silva, quien dirige la compañía. Y en la generación siguiente, Valeria Silva lidera el proyecto de empaques compostables.Más de sesenta años después, aquella historia que comenzó con unas bolsas tiradas en una calle de Bogotá sigue teniendo el mismo hilo conductor: mirar con atención eso que para los demás parece demasiado pequeño, demasiado cotidiano o demasiado obvio como para esconder una oportunidad.Y mientras tanto, la frase sigue pasando de boca en boca.Así que la próxima vez que alguien entre a una reunión, a una fiesta o a cualquier lugar y alguien suelte un “¿quién pidió pollo?”, probablemente todos se van a reír.Pero tú ya sabes que detrás de esas tres palabras hay mucho más que un dicho colombiano.

hace 3 semanas
La historia detrás de 30 años de innovación que un terremoto puso a prueba

La historia detrás de 30 años de innovación que un terremoto puso a prueba

En junio de 2026, dos fuertes terremotos sacudieron Venezuela con pocos segundos de diferencia. La Guaira fue una de las zonas más afectadas, donde se encontraron edificios colapsados y graves daños en la infraestructura. En medio de esas noticias, Felipe Otoya recibió una llamada que lo llevó treinta años atrás, al momento en que comenzó la historia de Forsa.Un cliente venezolano le contó que un proyecto de vivienda construido con su sistema había soportado los terremotos sin presentar daños estructurales importantes, mientras otras edificaciones cercanas habían resultado seriamente afectadas. No significa que una formaleta haga indestructible un edificio, pues en un sismo intervienen el diseño, el acero, el concreto, el suelo y la calidad de la construcción, pero sí mostraba algo que Forsa llevaba décadas perfeccionando: una forma industrializada de construir paredes estructurales de concreto.La historia comenzó mucho antesA mediados de los años noventa, Rodrigo Otoya, hermano de Felipe, tenía junto con unos socios una constructora de vivienda de interés social en Cali. Construir vivienda les estaba resultando difícil y los costos no les cuadraban, así que comenzaron a buscar alternativas. Mientras ellos investigaban sistemas en Estados Unidos, Felipe Otoya, ingeniero mecánico y empresario colombiano, conoció durante un viaje a Europa una solución que utilizaba moldes metálicos para construir paredes completas de concreto (formaletas).La idea era sencilla de entender, en lugar de levantar una pared ladrillo por ladrillo, se armaban paneles que funcionaban como un gran molde. Dentro se instalaba el refuerzo y se vertía el concreto. Una vez fraguaba, los paneles se retiraban y podían reutilizarse. Así era posible construir paredes y losas de manera repetitiva, más rápida y precisa, haciendo que los muros formaran parte de la estructura misma del edificio.Pero traer la idea no bastaba. Los primeros diseños tuvieron que ser modificados casi por completo para adaptarlos a los materiales, los procesos y las condiciones de construcción colombianas. Esa capacidad de tomar una solución que funcionaba en otro lugar y transformarla para que funcionara aquí terminó convirtiéndose en una de las características de la compañía.En 1995 nació Formaletas de Colombia, que más adelante se convertiría en FORSA. Poco después instalaron su operación en el norte del Cauca, una región que venía de sufrir la tragedia del río Páez de 1994. Para impulsar su recuperación, el Gobierno creó mediante la Ley Páez incentivos tributarios para atraer inversión y nuevas empresas. FORSA fue una de las industrias que decidió instalarse allí.La planta se ubicó en Guachené, una población que años después Colombia conocería también por ser tierra de futbolistas como Yerry Mina y Dávinson Sánchez, ambos defensas de la Selección Colombia. Cuando FORSA llegó, sin embargo, no existía en la zona una mano de obra especializada en una tecnología semejante. La empresa tuvo que formar a sus propios operarios, enseñar procesos industriales y desarrollar conocimiento junto con las comunidades cercanas. La fábrica terminó convirtiéndose también en una escuela.Crisis de la UPACCuando el negocio comenzaba a crecer llegó uno de sus momentos más difíciles. A finales de los años noventa, Colombia atravesó la crisis del UPAC, el sistema que durante años había servido para financiar buena parte de los créditos de vivienda en el país. Las tasas de interés aumentaron, muchas familias tuvieron problemas para pagar sus créditos hipotecarios y la construcción de vivienda se frenó fuertemente. Para una empresa que acababa de invertir en una planta y dependía de las constructoras colombianas, el golpe era enorme.Felipe reunió a sus socios y les planteó dos opciones: por un lado, cerrar, pagar las deudas y terminar la historia o, por otro lado, salir a buscar clientes fuera del país. Todos eligieron la segunda.Con unos catálogos debajo del brazo comenzó a viajar por América Latina visitando constructores y explicando un sistema que prácticamente nadie conocía. Él mismo recuerda que se quedaba en hoteles donde “la única estrella era él”. En 1998 llegó la primera venta internacional, en Guatemala.Después vino México, donde Forsa encontró un mercado que necesitaba construir vivienda a gran escala y rápidamente se convirtió en uno de los protagonistas del sistema de paredes de concreto. Más adelante apareció Brasil, pero allí el reto fue distinto. El mercado prácticamente no conocía esta tecnología y no bastaba con mostrar lo que había funcionado en Colombia o México: había que demostrar técnicamente que el sistema cumplía con sus condiciones, reglamentaciones y exigencias de seguridad.La presión del mercado brasileño obligó a Forsa a desarrollar nuevas soluciones. Trabajaron con ingenieros, constructores y especialistas locales, realizaron pruebas y fortalecieron sistemas de seguridad para las obras. Ese proceso terminó impulsando nuevas innovaciones y varias patentes. Muchas de esas mejoras desarrolladas en Brasil serían útiles años después para entrar a un mercado todavía más exigente. Ese mercado era Estados Unidos.Ahí estuvimos nosotros, Mentes a la Carta. El error habría sido asumir que, porque Forsa ya vendía en decenas de países, bastaba con llevar exactamente el mismo producto y repetir la fórmula. En lugar de entrar a ciegas, entrevistamos a más de 16 actores del mercado estadounidense, hicimos un diagnóstico completo y de ese trabajo surgieron ideas para adaptar el producto a un mercado que, en la práctica, era totalmente distinto a los anteriores.Esa experiencia resume muy bien lo que hacemos en Consultoría a la Carta. Cuando una empresa quiere entrar a un mercado que no conoce, no empezamos tratando de imponer una respuesta. Primero entendemos el reto, hablamos con quienes conocen el terreno y conformamos el equipo de expertos adecuado para encontrar la mejor manera de entrar.Buena parte de la historia de Forsa puede explicarse precisamente así. Felipe Otoya construyó una cultura en la que los problemas difíciles no se evitan, sino que se entregan a la gente correcta y se confía en que encontrará cómo resolverlos. Colombia los obligó a adaptar el producto; la crisis del UPAC, a internacionalizarse; Brasil, a innovar en seguridad; Estados Unidos, a cambiar nuevamente.Por eso, cuando años después un terremoto puso a prueba construcciones hechas con ese sistema, no se trataba simplemente de un golpe de suerte, porque detrás había tres décadas de adaptación, ingeniería y aprendizaje.Si tu empresa está por entrar a un mercado que no conoce, hablemos antes de que lo intentes a ciegas. En Consultoría a la Carta armamos el diagnóstico y el equipo específico para el reto de tu expansión. Cuéntanos a qué mercado quieres entrar y construyamos juntos la mejor forma de hacerlo.

hace 1 mes
La jugada ganadora de Masglo: dejar de vender colores para empezar a vender personalidades

La jugada ganadora de Masglo: dejar de vender colores para empezar a vender personalidades

El esmalte más vendido de Masglo no se llama “rojo intenso” ni “coral profundo”. Se llama Buscona. El segundo, Fufurufa.Lo dijo el propio director de mercadeo de la marca, Santiago Álvarez, cuando la polémica por esos nombres llegó a medios como El Espectador en julio de 2015.Y no fue simplemente un exceso creativo, pues en el programa donde se cuenta este caso lo llaman “innovación semántica”.Masglo es una marca colombiana de esmaltes que durante años ha tenido en las manicuristas uno de sus principales canales de venta. Ellas no solo usan el producto, también lo recomiendan, lo exhiben y, en buena medida, ayudan a venderlo.Cuando el catálogo empezó a crecer, apareció un problema, los pedidos se hacían por referencia y nadie se acordaba fácilmente de si el rojo que más se vendía era el 312 o el 314.Un catálogo lleno de números parecidos era una forma muy fácil de perder ventas por puro olvido.La solución fue ponerle nombres a los colores: Azul Casquivana, Verde Murgana, Amarillo Bailadora, Café Sángana y, claro, Buscona y Fufurufa.De repente, la manicurista ya no tenía que acordarse de un número, podía pedir el esmalte por un nombre. “Hoy me siento Fufurufa” es difícil de olvidar.  Con “deme el 514”, pasa lo contrario.Muchas empresas, frente a un problema así, probablemente habrían simplificado el catálogo, capacitado al equipo comercial o creado una tabla para consultar las referencias.Masglo hizo otra cosa: le puso personalidad al catálogo.Hasta que, en julio de 2015, una usuaria cuestionó en redes sociales que una marca utilizara la palabra “buscona” para nombrar uno de sus colores. La crítica creció rápido y terminó en firmas, derechos de petición y notas en varios medios del país.Masglo no cambió los nombres.Por el contrario, Álvarez salió a decir, sin rodeos, que Buscona y Fufurufa eran justamente los tonos más vendidos.Después llegaron los memes, las capturas compartidas por una  y otra vez y las notas en medios que normalmente no hablarían de esmaltes.Voz a voz y viralidad. Dos formas de publicidad capaces de darle una enorme exposición a una marca sin necesidad de comprar cada aparición.Diferenciarse de verdad casi siempre incomoda a alguienUna marca que intenta gustarle a todo el mundo corre el riesgo de terminar siendo irrelevante para todos.Pero eso tampoco significa que haya que salir a ofender a diestra y siniestra para llamar la atención. La marca no buscó simplemente el nombre más escandaloso que alguien pudiera proponer en una lluvia de ideas. Encontró una forma de hacer que su catálogo fuera más fácil de recordar para quien realmente tenía que usarlo, recomendarlo y pedirlo: la manicurista.Ahí está la diferencia entre tomar una decisión arriesgada con sentido de negocio y ser provocador simplemente por provocar.Y la lógica detrás de este caso sirve para muchas más empresas que una marca de esmaltes.Puede pasar con el nombre técnico de un servicio que solo entiende quien lo diseñó, con una referencia de producto que el vendedor tiene que buscar cada vez que un cliente pregunta por ella o con un paso del proceso de compra que tiene todo el sentido puertas adentro, pero ninguno para quien está tratando de comprar.Son pequeñas fricciones que obligan al cliente o al canal a detenerse, preguntar, buscar o interpretar algo que debería ser sencillo. Y aunque parecen detalles menores, pueden tener un costo enorme.Lo curioso es que muchas veces ese costo no aparece en ningún reporte; no genera una queja, una devolución ni una mala calificación. Simplemente son ventas que nunca ocurren.Por eso, en la próxima reunión comercial vale la pena hacer una pregunta muy sencilla:¿Qué cosas de lo que vendemos nosotros mismos tenemos que buscar, consultar o explicar demasiado antes de poder ofrecerlas?La respuesta puede revelar varios puntos en los que la empresa diseñó su oferta pensando en su propia lógica interna, pero nunca terminó de traducirla a la lógica del cliente o de quien tiene que venderla.Ese es justamente uno de los trabajos que hacemos en Consultoría a la Carta: sentarnos con los equipos para encontrar dónde se pierde claridad entre lo que la empresa ofrece, lo que el canal logra explicar y lo que finalmente entiende el cliente.Y no siempre hace falta una transformación completa o una nueva estrategia de marca. A veces basta con encontrar un punto específico de fricción y rediseñarlo.En el caso de Masglo, una de esas decisiones fue dejar atrás las referencias numéricas y convertirlas en nombres mucho más fáciles de recordar, pedir y recomendar.Alejandro Ambrad, CEO de Mentes a la Carta, lo resume en su libro El secreto de la innovación con una idea que va mucho más allá de los esmaltes: no necesariamente sobresalen los mejores, sino quienes se atreven a ser diferentes.Masglo se atrevió.Y entendió algo que muchas empresas todavía pasan por alto: diferenciarse no consiste únicamente en tener un buen producto, también puede consistir en hacer que ese producto sea más fácil de recordar, recomendar y comprar.Ahí es cuando una decisión que parece pequeña deja de ser solamente un asunto de comunicación y empieza a convertirse en una decisión de negocio.

hace 1 mes